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Un cuento breve

No voy a decirte lo que se suele decir en estas situaciones, que yo estaré bien. Que al fin alguien llegará a ocupar ese lugar que yo quería para mí o que yo me voy a poder reconstruir como siempre lo he hecho desde pequeña. Que el dolor sólo será de paso, que todo esto dejará de importar rápidamente, que alguien soplará sobre mi herida y hará desaparecer tu nombre agrietado y al fin volveré a ser la dueña de mis noches. Que vos seguirás sonriendo sin sentir media culpa por el desastre que fuiste. Que dejarás de caerte en los vacíos de botellas rotas, dejará de llover en tus caminos cuando encuentres a ese alguien que partirá tu mundo en dos, y que nuevamente yo estaré bien.   Sé que una vez quizás fui suficiente y ocupé todos tus paisajes, al menos una noche. Sé que en algún punto nos sacamos del agujero al menos por un día, y me llenaste de luz en varios más, en el tiempo que fue necesario, con esas mismas manos con la que me devolviste-aunque no te diste cuenta-. Sé que ju...

Las cosas que no pude contarte

Pensé en todas las cosas que no pude contarte. Pensé también, en la cantidad de veces que ya no te abrazaría, ni me volvería a ver a través de tus ojos. En las sonrisas que ya no serán para mí. Pensé en tus manos ásperas y mi piel suave. Ahora intercambie el silencio por lágrimas, que me interrumpen en mitad de la madrugada. No quiero recordar las cosas malas que nos llevaron a dos polos opuestos, tan opuesto que ya se repelen. Prefiero quedarme con el brillo de tus ojos, con nuestros cuerpos desnudos, con el ladrido del perro que no te dejaba dormir aquella noche, con los abrazos, esos que sólo serán nuestros. Prefiero quedarme con el recuerdo de aquellos caminos, donde solo podías mirarme y sonreír y yo solo conseguía pensar   en que no terminara (al menos no tan rápido, pero me equivoque). Poco a poco voy comprendiendo esta carga nostálgica, donde olvidarte abre paso al recuerdo. No lo estoy haciendo mal Facundo, sal...

Miedo

Si duele no me llames, seguramente ya habré salido corriendo en defensa propia, no por no poder ponerle nombre a esto pero tampoco pretendiste hacerlo, ni   con los sentimientos. No sé si llamarlo ingenuidad o cobardía. Llevo unas noches repitiendo “te dije” no por vos, sino por mí. Soy sincera tengo el corazón tan roto que cuando bailo se escuchan caer cristales y no es culpa tuya, llegaste con la intensidad de un mar inmenso para mi desierto de isla, y con cada ola erosionaste los bordes de cada trozo. Sigue doliendo el cristal, pero vuelvo a ser desierto y sé, que quedarse es tentar a la suerte del que pone en las cartas la decisión de su propio destino, y seré más honesta, ya no hay más cristales qué romper y si caigo ya no podré reinventarme. Entonces prefiero quedarme conmigo en mis circunstancias. Pero aun así me hubiese gustado que me pares.

El precio del olvido

Esto es lo que queda y si dudas puedo hablar de vos en pasado. No sé si llamarlo inteligencia o cobardía pero me siento en la cima de la montaña y si no llegaba a borrarlo no sería capaz de ver este paisaje que me lleva a un futuro que me apasiona. Te recuerdo como una cicatriz que desaparece en mi piel, no busco mirar al espejo retrovisor, no porque tenga miedo, sino porque no siento la necesidad de volver a sentirte. Ya me llegas en color sepia, difuminado en nitidez. Ya no escucho el sonido de los cristales rotos cuando bailo, ahora ya no. Quizás sea demasiado pronto, demasiado rápido pero veo una sonrisa que me está abriendo un futuro distinto.   En el que ya no estás. ¿Es esto la felicidad? Creo que ya no existe la posibilidad de caída, ya no siento vértigo. Ya no tengo miedo.

Era una isla que hasta hoy no quería ser encontrada, ni querida, ni liberada.

He deseado tan fuerte, como también he perdido interés en cosas realmente importantes. La angustia está a flor de piel y tengo tantas ganas de gritar que mis cuerdas vocales ya sangran del ahogo, del dolor de una mente y unos pulmones que no quieren descansar. Finjo estar ocupada, y es agonizante. No encuentro otra manera de sobrevivir si no es ahogando todo lo que habita en mí. Quisiera escapar de esta tormenta, calmar el viento y las olas que arrasan con cada centímetro de mis deseos y quienes graban el "no puedo" en la punta de mi lengua. Siento desear tan fuerte que arrasaría ciudades y provocaría terremotos. Pero me siento en una encrucijada en donde mi única salida implica volar. Y no puedo. ¿Cuándo dejaré de ser una isla?

Alguna historia que pudo ser de amor.

Lo que nos mató no fue la rutina, ni la erosión del amor porque había amor, yo sé muy bien que había amor. No fue tu mirada superficial despreocupado de los detalles que yo vislumbraba con la intención de reafirmar un tipo de ternura que sólo después descubrí que era sólo mía. Ni la falta de ganas de estar cerca, de estar uno encima del otro. Tampoco nos mataron los demás, ni mis preocupaciones en exceso, no sé cómo explicar. Siempre nos abrazabamos con ese calorcito de la necesidad que se transmitía en nuestras miradas, la necesidad de uno y del otro. Nos sentíamos con tantas ganas al tacto que no nos alcanzaba, pero aun así cuidábamos lo posiblemente frágil de eso. Quizás solo nos entendíamos con las luces apagadas y ya no era suficiente para mí. Lo probé de todos modos. Lo probamos. Y me hiciste mucha falta, quizás eso fue lo que nos terminó de matar: Las cosas que no nos dijimos, las exclamaciones de más que yo exigía y el silencio que seguía después... esa fue la respuesta. Las e...

Moretones bajo la piel

Hay muchos baches en el camino, pero también hay lagunas que la cortan, el césped está seco. Cómo seguir si no sabes cómo, cómo seguir si no hay esperanzas. Cómo seguir si ya no distingo el color de sus ojos. Cómo seguir si hay miedo. Pocos saben sobre las lagunas de la mente. Nadie conoce los moretones que están bajo la piel, esas que nadie ve. Entiendo, nadie me va a salvar. Pero a veces las lágrimas no alcanzan,   aunque a veces en el charco también se ve reflejado el cielo . La respiración se corta, y no fluye se estanca como el agua de mis ojos, como la fuente que no funciona, aquella que está bajo la sombre de un sol  que no sale desde que el otoño se apodero de mis palpitos. A veces no puedo fluir, a veces no puedo seguir. A veces quiero apoyarme sobre alguien, pero a veces quiero encerrarme en mí.  Y entonces,   sólo a veces, soy el desierto.  Sálvenme,  no soy tan fuerte...