Suicidio
Me había enamorado de una mujer triste. La
veo cruzar por la calle todas las noches y no consigue verse reflejada en cada
estrella. Ella, incapaz de verse, incapaz de saberse libre, sigue caminando
como un alma perdida encarcelada por sus propios muros. Le gustaba el frío y
mucho más las hojas de otoño. Sufría. Sopesaban sus pensamientos. Sufría.
Atosigada. Y yo lo sabía, pero nadie más.
El dolor del insomnio, el color gris de sus
ojeras, el peso de su espalda me hablaba y lo sentía. Le aturdía el sonido del
reloj, le daba miedo el paso del tiempo y lloraba. Lloraba cada noche que no podía dormir. La podía escuchar. Le pesaban los párpados y me preguntaba ¿Esta viva o ya está muerta?
Cuando la vi profundamente a los ojos puede comprender que todavía había mucha
vida. Tanta vida como miedos. Muros decía yo. Muchos muros. Muchas tristezas.
Muchas rajaduras. Muchas espinas. Y muchos fantasmas. ¿Cómo hago para salvarla?,
siento que la estoy perdiendo. Siento como su grisácea paz se desvanece.
Escucho golpear gotas de sangre por el suelo, y de repente algo pasa: la
escucho asfixiarse, la escucho toser, y a su pulso la siento cada vez más débil;
y entonces comprendí que la estaba perdiendo. ¿Dónde está el dios que pueda
salvarla? ¿Dónde está la esperanza? ¿Dónde está mi mujer de ojos tristes? ¿Dónde esta? La
escucho toser de vuelta. Respira, con dificultad pero respira. La escucho llorar. Volvió y me alivio. La
escucho triste, la siento negro. ¿Por qué querida? ¿Por qué intentaste
suicidarte? ¿Por qué no dejas de llorar?
(Nadie supo de esa noche, sólo yo).
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